
Un documento filtrado de 27 páginas, obtenido por Guardian Australia, revela que el Partido Liberal, bajo el liderazgo de Sussan Ley, había elaborado la reforma migratoria más estricta vista en un partido australiano tradicional en más de dos décadas.
La propuesta, apodada internamente como “Operación Portero”, planteaba modificar la Ley de Migración de 1958 para que los solicitantes “procedentes o que hayan residido en una Zona Declarada como Terrorista” pudieran ser rechazados automáticamente, sin revisión de méritos, por motivos de seguridad nacional. Se incluían 37 regiones subnacionales en 13 países, entre ellos Gaza, partes de Afganistán, Somalia, Yemen y el sur de Filipinas. Se ordenaría a los funcionarios examinar los historiales en redes sociales y “declaraciones públicas” en busca de simpatías extremistas antes de tomar una decisión sobre la visa.
Más allá de las prohibiciones regionales, el documento fija un objetivo explícito de reducir la migración neta anual a 170,000 personas (frente a los 260,000 previstos por el gobierno) y recortar hasta un 25% el número de estudiantes internacionales. Se priorizaría la deportación de hasta 100,000 solicitantes de asilo y estudiantes cuyos recursos legales se hayan agotado, limitando además el derecho a nuevas revisiones judiciales o tribunales.
Correos internos citados en la filtración muestran que Ley planeaba anunciar la política el 16 de febrero, pero la reciente crisis de liderazgo la destituyó antes de que pudiera hacerlo. El nuevo líder de la oposición, Angus Taylor, ha calificado el documento como “inválido”, aunque figuras destacadas del Partido Liberal aseguran que muchas de sus ideas —especialmente pruebas de carácter más estrictas y límites más bajos para visas— seguirán vigentes en la revisión de políticas de la coalición.
Para empleadores y gestores de movilidad laboral, el borrador es una señal de alerta: si se adopta, las empresas que recluten talento de Medio Oriente, África o Filipinas enfrentarán mayores riesgos de rechazo, tiempos de evaluación más largos y posibles auditorías de redes sociales a los candidatos. Universidades y colegios de formación podrían ver caer drásticamente sus números de reclutamiento justo cuando intentan recuperarse de la crisis pandémica, poniendo en riesgo las finanzas de los campus y los mercados locales de alquiler.
La propuesta, apodada internamente como “Operación Portero”, planteaba modificar la Ley de Migración de 1958 para que los solicitantes “procedentes o que hayan residido en una Zona Declarada como Terrorista” pudieran ser rechazados automáticamente, sin revisión de méritos, por motivos de seguridad nacional. Se incluían 37 regiones subnacionales en 13 países, entre ellos Gaza, partes de Afganistán, Somalia, Yemen y el sur de Filipinas. Se ordenaría a los funcionarios examinar los historiales en redes sociales y “declaraciones públicas” en busca de simpatías extremistas antes de tomar una decisión sobre la visa.
Más allá de las prohibiciones regionales, el documento fija un objetivo explícito de reducir la migración neta anual a 170,000 personas (frente a los 260,000 previstos por el gobierno) y recortar hasta un 25% el número de estudiantes internacionales. Se priorizaría la deportación de hasta 100,000 solicitantes de asilo y estudiantes cuyos recursos legales se hayan agotado, limitando además el derecho a nuevas revisiones judiciales o tribunales.
Correos internos citados en la filtración muestran que Ley planeaba anunciar la política el 16 de febrero, pero la reciente crisis de liderazgo la destituyó antes de que pudiera hacerlo. El nuevo líder de la oposición, Angus Taylor, ha calificado el documento como “inválido”, aunque figuras destacadas del Partido Liberal aseguran que muchas de sus ideas —especialmente pruebas de carácter más estrictas y límites más bajos para visas— seguirán vigentes en la revisión de políticas de la coalición.
Para empleadores y gestores de movilidad laboral, el borrador es una señal de alerta: si se adopta, las empresas que recluten talento de Medio Oriente, África o Filipinas enfrentarán mayores riesgos de rechazo, tiempos de evaluación más largos y posibles auditorías de redes sociales a los candidatos. Universidades y colegios de formación podrían ver caer drásticamente sus números de reclutamiento justo cuando intentan recuperarse de la crisis pandémica, poniendo en riesgo las finanzas de los campus y los mercados locales de alquiler.
Fuente: The Guardian Australia
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