
La Policía Civil de São Paulo llevó a cabo la Operación Rapere el 19 de junio, arrestando a tres miembros de una banda conocida localmente como “arrastadores”, quienes coaccionaban a los pasajeros que llegaban al Aeropuerto Internacional de Guarulhos —el centro más concurrido de Sudamérica— para que pagaran tarifas de taxi exorbitantes. Se ejecutaron seis órdenes de arresto y seis órdenes de registro en el Gran São Paulo, tras vincular a los sospechosos con al menos 30 denuncias.
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El modus operandi era sencillo: identificar a viajeros cansados en la sala de llegadas, alegar que las tarifas de transporte compartido habían subido, y luego intimidarlos para que pagaran en efectivo tarifas fijas de hasta R$800 por trayectos al centro que normalmente cuestan R$120. Las víctimas incluían pasajeros mayores y extranjeros poco familiarizados con la moneda local, dañando la reputación de Brasil justo cuando el país busca atraer turismo y grandes eventos post-pandemia. Las autoridades aeroportuarias han luchado durante mucho tiempo para frenar estas estafas, pero esta nueva operación es la primera en utilizar imágenes de reconocimiento facial y datos de proveedores de pago para obtener órdenes judiciales. Los funcionarios anuncian que se desplegarán patrullas adicionales y señalización multilingüe de inmediato, mientras que las empresas de transporte compartido contarán con un kiosco en el aeropuerto para guiar a los viajeros hacia puntos de recogida autorizados. Para los equipos de seguridad corporativa, esta acción es un recordatorio oportuno para actualizar las instrucciones de llegada: recomendar a los viajeros reservar transporte mediante aplicaciones oficiales dentro del área de aduanas o usar servicios de autos de hotel. Los responsables de políticas de gastos también podrían considerar el prepago de traslados para evitar que el personal se exponga a fraudes en efectivo. A largo plazo, el gobierno estatal impulsa un proyecto de ley para clasificar la extorsión en zonas aeroportuarias como un delito agravado, con penas de hasta ocho años de prisión, un cambio legislativo que los actores del sector movilidad deberían apoyar para fomentar un entorno de viaje más seguro.
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